martes, 6 de marzo de 2012
Tengo que compartir un recuerdo. Es una carta. La recibí en 1985, abierta, por supuesto. En el lugar donde no se abren las ventanas, donde conocí a Luis, y a Begoña, la que me regaló su colección de dos mil cajas de cerillas, de las que conservo dos. Era una carta dentro de un sobre rojo. Llego abierta, claro. El papel era rosa, rayado, con estas rayas que guardan una separación considerable entre ellas, paralelas, rayas paralelas de color azul. Pero el contenido estaba escrito en espiral, como la concha de un caracol, una carta en espiral.No recuerdo lo que decía, si que recuerdo que la leí tumbada sobre la cama blanca inmaculada, al lado de la ventana que no se abría. Me la entrego una enfermera morena, supongo que me sorprendí, tuve que hacerlo, no tenia noción de si alguien me recordaba allí dentro. Creo recordar la letra, seguramente la única letra que existe hoy en día de un medico totalmente legible; eso se lo debe a su madre, del mismo nombre. Entonces, lo que me contaban aquellas letras, curvas, de bes perfectamente dibujadas, me debió de parecer lo más importante del mundo. Creo que me sentí querida, recordada. Yo sabía que el mundo giraba sin mi participación, claro que lo sabes. Pero aquel hilo finísimo, adolescente. ..Este recuerdo lo he guardado años y años. Desde 1985. La carta la firmaban dos amigas. Con una de ellas no he tenido una relación estrecha, ahora ni siquiera tengo una relación. La otra, la conozco desde el primer día de la escuela, el primer día de parvulitos. Con intermitencias, la felicito cada 28 de febrero. Pero nunca, a ninguna de aquellas dos chavalas, las dos del mismo nombre, Isabel, les día las gracias. Quisiera que supiesen que este recuerdo me acompañará siempre.
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