miércoles, 21 de marzo de 2012

Por fin llueve. No me propongo contaros las bondades del agua, lo necesitados que estamos de ésta, la tristeza que produce su ausencia . No, eso ya lo sabemos. Esta vez , por fin llueve, y puedo sacar a pasear mi paraguas. Que por cierto, es la sensación del barrio. Y digo del barrio, porque les encanta a mis muy dispares vecinas. Esta mañana se me ha acercado una de ellas, del sector pudiente, a saludarme amablemente, refugiada bajo un elegante paraguas de marca. Y mira por donde, le ha llamado la atención precisamente mi paraguas. La última vez que llovió, que fue hace muchos meses, se me acercó otra vecina, esta del sector chandal y deportivas, a comentarme la alegría que desbordo encima de la cabeza con mi florido paraguas. Y la verdad, es un paraguas llamativo. No resultó nada caro. Esta adquisición es del Primark. Je, sorpresa. Estos escasos pero cundidos sábados que parte de mi familia política se aviene a excursionarse en mi compañía en el centro comercial más grande de Europa ( donde como dice una querida amiga, tan gratos momentos hemos pasado) y nos dedicamos a competir en variopintas adquisiciones de entre tres y diez euros, y entre las primeras, mi paraguas. No me hubiera visto yo hace unos lustros con  accesorio tan llamativo, pero ya se sabe, que a la vejez viruelas. Todo florido en tonos malvas y fucsias, resiste impertérrito las inclemencias del cierzo, bailando descompasado el fino volante que lo remata. Y por lo que se manifiesta, alegrando el paisaje nublado y gris. Por el módico precio que costó, acompaña bolsita a juego para su refigio, amarrada al extremo de la tela, que ondea la viento cual bandera. Todo ello rebosante de flores. Por tres euros, me paseo dignamente , habiendo prescindido de los paraguas que solía, adornados con Micky Mouse y demás alborotadores del imaginario.

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