viernes, 16 de marzo de 2012
Algún libro o película china, más o menos enjabonada, nos enseñó que a los chinitos les gusta que sus mujeres luzcan pies pequeños. Aquella historia de meter los pies en hormas para evitar su crecimiento. Pues bien, yo iba a triunfar entre el público amarillo. Tengo unos pies sumamente singulares, únicos en el mundo, e inútiles si no te dedicas al circo. Un desastre, vamos. Y es que mis pies , a los que algún día tenían que dedicar unas letras, tienen la curiosa singularidad de medir lo mismo de ancho, que de largo, incluso podría afirmarse que de alto( de empeine, se entiende).Y eso, duele. Tener un pie que se parece más a un ladrillo o a la aleta de una foca que lo que puede caber dentro de un zapato, duele. Por eso ( y muchas veces porque me abruman mis pensamientos) yo camino con la mirada clavada en el asfalto. Y no es que espere encontrar mientras camino un billete de quinientos euros. Creo además que están todos en la bodega de un barco fondeado en alguna playa de Islas Caimán. No. Pero sí camino mirando al suelo, más bien con la vista orientada hacia el asfalto. Y si me siento, también. Y eso que creo en el dicho aquel de que la cara es el espejo del alma ( homenaje a las señoras que se ponen pecho antes que arreglarse la boca, ¿a dónde quieren que se las mire?). Yo miro los pies de la gente. Bueno, en realidad los zapatos. Esos pies estrechos bien asentados en zapatitos curiosos. Decidamente, no pude ser Cenicienta. Admiro los pies que pueden caminar sin dolor, ni molestias. Envidio a las señoras que pueden elegir qué zapato lucirán. Los pies de la gente. Ojala tuviese unos pies decentes. Unos pies que pudiesen caminar con gracia en unos zapatos bonitos. Una se pone unos zapatos de tacón y se come el mundo. Unos zapatos que te permitan mirar al resto del universo por encima de tus tacones. Si mis pies destartalados se acomodasen en esos zapatos, no los sacaría nunca de allí. Caminaría despacio, escuchando el taconeo capaz de acallar el rumor alrededor. Me puedo pasar la tarde ojeando páginas web de zapatos. Inútil, nunca podré calzarlos. Os envidio, brujas pirujas, que salís de tarde con zapato bonito y de noche con zapato rompedor. Qué suerte. A mí me da la risa con la ridiculez del zapato cómodo. Es una pena. Son una pena. En mi próxima vida, tacón de aguja.
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