miércoles, 21 de marzo de 2012
Lo más curioso de ciertos políticos, cuando dejan de serlo, es la poca costumbre que tienen de meterse la mano en el bolsillo para pagar la ronda. Claro, pobres, tan acostumbrados a cargar a las dietas diversas sus gastos más peregrinos. Tiene que reeducarse, de nuevo. Aprender a comprar un billete de tren, y pagarlo. Conocer el precio del café, y de la caña, el pincho, y el menú del día. Es duro, eso de volver a la cruda normalidad de los que no nos han dado nada hecho y tenemos que comprar a diario el pan nuestro de cada día. Resulta ciertamente ridículo observar su cara de sorpresa cuando les dices eso de "esta la pagas tu, guapin" y rebuscarse en el bolsillo la tarjeta para todo respaldada por el dinerín público, que ya no encuentran, y rascarse la cartera que tan en el fondo del bolsillo lleva años guardada. La falta de costumbre. A propósito de privilegios de la clase política, estos días nos bombardean con la "pepa", y como mi formación es evidentemente jurídica, tengo grabados en la memoria desde hace muchísimos años aquellos principios que nuestra primera constitución proclamaba, y de ellos un día prometo escribir. Hoy sólo quiero recordarla porque dos siglos después, resulta curioso que los estratos del poder estén tan alejados de la cruda realidad hoy en día como entonces. Y, porque no decirlo, la masa en general igual de adormecida. No es que me enternezcan las muestras de cariño del pueblo de Cádiz al Rey, que seguramente el hombre se las ha ganado a pulso a fuerza de vivir la vida que el tocó, lo que me toca la razón y el corazón es la necesidad que tenemos, o tienen, y tuvieron entonces, el pueblo en general, de la figura regia que ilumine sus vidas. Y entonces llamaron a trono a Fernando VII que resultó ser un traidor. O no, porque aunque los constituyentes reunidos en San Fernando conocían que era lo mejor para el pueblo gobernado, éste, ignorante, no lo sabía.
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