viernes, 16 de marzo de 2012

Qué fácil parece echarle la culpa al otro. Qué ligero el equipaje de los que piensan por los demás y ponen en las espaldas de los otros sus propias decisiones. Y qué difícil ponerse en el lugar del otro. Qué difícil reconocer nuestros miedos propios, asumir nuestras pérdidas propias, romper el hilo de aquello que desearías que o no se rompiese, o se rompiese sólo. No nos educan para ser francos con nosotros mismos y por eso, preferimos pensar por el otro, entender en sus palabras lo que no queremos decir nosotros mismos. El mundo es de los valientes, dicen. ¿Y quién es valiente? Acaso no lo es el que se desprende de sí mismo para cuidar de otro, el que se entrega, el que se esconde detrás de su propia humildad. ¿Sólo son valientes los que se ponen el mundo por montera y hacen lo que les da la santa gana? No será eso, supongo. Cada uno de otros es valiente en su propia vida siempre que sea capaz de decidir lo poco o mucho que le toque y no tratar de escurrir el bulto. Cuando he querido ser de verdad un valiente, y esto es totalmente cierto, siempre he pensado que es lo que haría Harry Potter en mi situación. Leo que María Dueñas se hace colaboradora de la revista Elle. No voy a ser yo quien lo critique, que cada uno escriba lo que crea que deba decir y calle lo que crea que deba callar. Y escribe sobre el verbo reinvertarse, que atribuye a sí misma, y a una serie más o menos extraordinaria de mujeres que han podido, sabido o querido, dar un vuelco en su vida. Y tengo que decir, porque no quiero callarlo, que no estoy de acuerdo. Todos los hombres y mujeres que me rodean, y de cuyas vidas conozco, se reinventan cada mañana, sin necesidad de marchar un territorio lejano a vivir una pasión de ensueño, ni hacer obras supremas y poco corrientes. No, se reinventan cada día que se levantan y se van a trabajar y consiguen hacer de cada día un nuevo día, aunque no sea un día extraordianrio.

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