jueves, 24 de mayo de 2012

Me retrasmite mi esposo recuerdos de Pilar. Y a mí me da la risa. ¿Quién es Pilar, os preguntareis? Pues Pilar es una trabajadora del Corte Inglés, cuyo cometido era( dudo que lo siga siendo) vendernos cremas varias a precio de plutonio el gramo. Colocada en el stand de Givenchy, salerosa, nerviosa, te atendía con  familiaridad y confianza, y para cuando te dabas cuenta, habías desembolsado el equivalente al PIB nacional. ¡¡¡Esa si que era una prima de riesgo¡¡¡¡ Supuestamente, a mayor desembolso, menos arrugas. Crema de día, de noche, exfoliante, serum, animal y vegetal...Que no es lo mismo que usar las del Mercadona, eso seguro. De estos lodos nos vendrán futuros barros, tanto caviar y tanto oro, me anuncia un dermatólogo, de esos que no te dicen lo mismo en la consulta de pago que en la pública, pese a que en ambas, para mi pena, le pago. Pero que la cara no es sino el espejo en el que se mira el alma, y que por mucho que te untes baba del tricornio de Neptuno, nunca alguien es más hermoso que cuando está féliz. Me he preguntado muchas veces si realmente apreciamos la diferencia entre el antes y el después cuando nos aplicamos tratamientos varios. Y yo creo que no. Que lo de darse brocha en la cara es implícito al género femenino, y ahí está el marketing para animarnos. También la diferencia que puede abrir el abismo monetario entre unas cremas y otras, y seguramente la habrá, o no, y se trata únicamente del margen comercial. Desde luego, después de gastarme la deuda exterior de Sudán en el stand de Pilar, animada por mi madre, tengo que decir que nunca lucí como cuando dejé de hacerle gasto.

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