martes, 8 de mayo de 2012

Hace más o menos un millon de años, cuando todavía no se nos había hecho imprescindible la posesión de un todorreno para viajar por cualquier carretera con baches, viajábamos desde nuestro pueblo hasta San Pedro Manrique, en Soria, en un mercedes blanco y escuchando en un casset coplas, y la de caminos verde que va a la ermita, mis tíos, mi primo y yo. Nevaba a discreción, y a nuestro alrededor todo era blanco. En una recta del camino, vislumbramos a los lejos tres siluetas. A medida que nos acercamos, estas se hicieron reconocibles: una mujer, un hombre y un cerdo. La mujer era anciana, iba envuelta en ropas negras de lana gorda y el pelo blanco recogido en un moño, como tantas otras viudas de la zona. pequeña , las ropas la convertían en un bulto redondo debajo de una cabeza minúscula. El hombre era mas joven, su hijo. Alto, moreno, fuerte, de edad imprecisa, y apenas abrigado, vestía un buzo azul de esas que se usan para el trabajo. Y el cerdo, era cerda. Caminaban trabajosamente al borde de la carretara, pisando la nieve. Al sentir un vehículo acercarse, se adentraron aún más en el nevado campo, protegiendo así al gorrín. Los cuatro viajeros nos interrogamos con la mirada, y mi tío, campechano, paró al rebasar a los camiantes. Interrogados, nos contaron que bajaban de alguna aldea, o monte, o casa, a vender la cerda al pueblo al que nos dirigíamos. El día esta criminal, hacía un frío horroroso, y era prácticamente imposible transitar. Ante la imposibilidad de montar a la cerda en el mercedes, optamos por hacer subir, a regañadientes, a la mujer, y reintegrársela a su hijo una vez éste llegase al pueblo. Y así seguimos camino, escuchando coplas en el cassete.

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