miércoles, 2 de mayo de 2012

Hace unos días, un amigo del facebook colgó una foto de hace mil años, en la que se retrata un cumpleaños infantil. De cuando los cumpleaños no se celebraban más que las Bodas de Caná. Que le día del santo, vamos, del cumple, la madre, o la tía, o la abuela, hacían chocolate con buñuelos, o con pan, y a untar, y venía a la merienda todo el barrio, los primos, los amiguitos, los primos de los primos, los vecinos de atrás,  y de sus madres, la que tocaba, echaban una mano, y para terminar el convite, un bizcocho, o una tarta de galletas.  Y de regalo, unos calzoncillos y un par de calcetines, o a lo más , una caja de pinturas, y si era plastidecor, ni te cuento. Luego se modernizó el asunto merienda, con las madres modernas, como la mía, que tenía el grill de magefesa, y la llegada del pan bimbo, y se introdujeron los sandwich de nocilla, y lo que fue el inicio de lo que ahora se ha dado en  llamar cocina de autor, o sea, untar los sandwich de chorizo en el chocolate, y hasta comprar en la panadería una tarta de merengue. Y así hasta los catorce, que se dejaban de celebrar los cumpleaños, porque uno ya era mayor. Ahora, como los niños se han erigido en el centro de nuestra casa, de nuestra vida y de nuestro todo,  celebramos con la cuadrilla, de los padres, y si alguno tiene crío, que lo traiga, y venga de bocadillos vegetales y pastelitos. Y con la guardería, y con el colegio, y con la familia, y con los primos, y hasta que se acaba la lista de relaciones sociales de los progenitores, faltos ellos de celebración propia, o añorantes de las suyas. Y cuando llegan a los catorce, los padres a dos velas, porque hay que llevar a los niños al telepizza. Y siempre los padres pegaditos, de sentada, descuartizando al personal delante de las tortillas de patata. A veces, me da por pensar si no hemos tenido hijos para rellenar algún hueco.

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