martes, 29 de mayo de 2012
Con motivo de la reciente moda, que se ha erigido en costumbre, de constituirse las cuadrillas en propietarias de locales, piperos, sociedades....he llegado a considerar seriamente la posibilidad de integrarme en un de esos grupos humanos. Incluso, lo confieso he sentido envidia. Momentánea. Por unos segundos. Hasta el momento mismo, que viene seguido, en que honradamente me miro en el espejo y acepto mi propia consciencia. No va conmigo tanta amena obligación conjunta. La integración en un grupo generador de ataduras, rencillas y envidias varias, que es lo que acaba siendo las cuadrillas de gente adulta, un conjunto de cuñados y suegras, me repele. Quizás porque adoro a mis amigas, y amigos, y no formamos cuadrilla, ni falta que hace. En ocasiones, el diseminado ( como el Impuesto de bienes inmuebles,) grupo alternativo y aleatorio, sin centro ni nexo de unión, que formamos cierto grupo de orígenes conjuntos, nos reímos de nosotros mismos precisamente por nuestra poca cohesión y organización. Pero creo que seríamos incapaces de constituir una sociedad grupal al uso. O que yo al menos no sería capaz de formar parte. Esta línea de actuación de ser deber divertirse un día concreto con una actividad concreta, de tener que limitarse cada mes a los mismos actos sociales con la misma gente...No lo he probado pero creo que me repetirían los chistes. Lejos de mi criticarlo, siento ( sana) envidia de la cuadrilla de mi hermano, ( de pocas más). La riqueza que aportan las relaciones sociales, el conocimiento de personas diversas, la variedad de los momentos...seguramente no es contraria a tener un grupo de amigos permanentes. Lo que me repele es cuando este grupo de amigos se convierte en una cárcel que no permite entrar ni salir, ni actuar con la alegría y la libertad, con el buen hacer, con la transparencia y el cariño, que un amigo, o más, sugieren.
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