miércoles, 25 de abril de 2012

Hay días o momentos que son especiales, por algunas razones. No soy yo de grandes acontecimientos, pero hay momentos sencillos que me hacen bribar. Como la Feria de San Marcos, un día de abril en un pueblo, el mío, que pasa desapercibido, pero que está rodeado de un encanto especial, porque este día nos trasporta a otra época lejana en el tiempo . El día de la feria siguen llegando al pueblo los gitanos de negro con bastón y sombrero para hacer tratos con los animales. Y aunque no muchos, todavía se hacen tratos y se compran y venden burros, que aún los hay, y caballos y ponis, y como tiene el pueblo, por ser llano pienso yo, tradición de caballos ( y luego de bicis) , la gente engalana los propios y se echa a la calle a pasearlos y lucirlos, y poco más, es únicamente ese ambiente con sabor a antaño, que nos resistimos a que desaparezca. Como ha sido miércoles, mis niños no han acudido a la escuela. Problemón, puesto que no quieren mentir en el cole sobre la causa de su ausencia. Pero yo no quiero privarlos de esta vivencia tan pecualiar. Porque a lo largo de los años se ha mantenido contra viento y marea, y frente a las modernidades, este retazo de tradición tan entrañable. No sé si ellos lo viven de igual manera, les resulta curioso, y supongo que no son conscientes del significado de este día, pero seguramente, cuando crezcan, lo recordarán con nostalgia, incluso si , como ocurrirá, dejan de asistir. Me pasa lo mismo con el 16 de enero, San Antón, con las hogueras, y hoy precisamente, en la calle, un viejo amigo me ha recordado lo bien que lo pasábamos aquellas madrugadas, el pueblo envuelto en niebla y vacío. Los acontecimientos que se repiten y marcan el ritmo de nuestro devenir y nos acercan a la tierra y a nuestras raices son todo lo importantes que podamos imaginar, y en muchas ocasiones nos sujetan a nuestras raices, cuando a punto estamos de despeñarnos. Ojala sepamos esto y nos lo creamos, y celebremos durante muchos muchos más años la feria de San Marcos.

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