miércoles, 11 de abril de 2012
Escuchando la radio he oído como un locutor relataba el internado que sufrió de niño, del que el resto de interlocutores opinaba que era un lugar horrendo para un niño, y me he acordado del mío propio. Un viejo edificio enorme que había sido cuartel militar. A escasos diez kilómetros de la casa donde mi hermano y mis primos seguían siendo niños, allí fuí yo con ocho añitos, y lo primero que aprendí fué precisamente, a dejar de jugar. Normal, entre Misa y estudio, no había opción. Qué lugar tan frío, tan lúgubre, tan escaso de calor. El dormitorio de las pequeñas, o sea el mío, era anexo a mi clase de cuarto de EGB, con lo que mi recorrido era necesariamente escaso. En un pasillo ancho se disponían a ambos lados dos hileras de catres, porque aquello no eran camas, y desde luego ni en el ejército soportarían dormir en semejantes tabluchas. Las camas se separaban por un panel de material fino, y se cerraba la intimidad de los nueve o diez años con una cortina gruesa. Dentro, la cama y un armario desvencijado y pequeño donde colgar el maldito y horroroso uniforme de pata de galla, nada favorecedor. Las paredes blancas y en lo alto altísimo ventanas enrejadas. Nada de bonitas praderas como en Torres de Malory. Al final del pasillo, justo antes de la clase, las duchas. Cuatro o cinco duchas de las de cuartel y unos pocos lavabos. Nos teníamos que duchar cada noche, la monja se ocupaba con celo espartano de que el pelo de cada interna saliese mojado de la ducha. Había una tal Isabel , de Quel, a la que su madre decidió hacer rubia de bote antes de tiempo, y la pobre las pasaba canutas para echarse el tinte tratando de esconderse de las demás. Ella decía que aquello era natural, y de verdad, el agua oxigenada deja el pelo más sedoso que la pobre cabellera de la muchacha. El agua estaba helada, por supuesto. Qué sitio. Una noche alguna lista decidió que era una buena idea contar historias de miedo,( recuerdo el nombre de la lista Lurdes Romero) de esas que corrían por la época de va una mujer se despierta y se encuentra un esqueleto en la cama, esas que te crees a pies juntillas antes de tu primer entierro o de que algún amigo estudie medicina y conozcas lo largo que es el proceso de descomposición de la carne. Como armamos jaleo, algo que jamás ocurría ni por asomo, llamaron a la puerta y claro, tuve que levantarme yo a abrir, no había otra picheta y allí estaba la Madre( les llamábamos madre) Isabel, con el pelo moreno suelto y enredado. No sé que me impresionó más , si aquella imagen o la del esqueleto. Pero lo pasé fatal. El castigo no lo recuerdo, el mismo de cada día supongo, a estudiar en la hora del recreo. Una costumbre a la que cogí gran arraigo.
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