martes, 17 de abril de 2012
Ahora que estoy perezosa para salir a correr, debido al endiablado viento, y lo echo tantísimo de menos, me asombro de mi faceta deportista, que quienes me conocen seguramente creen cultivada que lo largo de los años. Vamos a ver, mi primer contacto con lo que es en sí el deporte, que a continuación tengo intención de relatar, es bastante poco esportivo, ciertamente. Cuando yo era una niña de escuela pública de inicio de los setenta, las niñas no hacían gimnasia. Las pequeñas, ni de lejos. Y las mayores hacían costura mientras los chicos, en ropa de calle, salían al patio a estirar y saltar el potro. La escuela pública debió de modernizarse cuando yo marché la colegio de monjas y esa imagen a través de la ventana de los chicos haciendo gimnasia en el patio quedó en el olvido y doña Taqui y doña Elvira se sustituyeron por dulces maestras jovencísimas. Así que con ocho añitos me marché a un colegio de monjas, que supuestamente era más moderno. Y allí sí que las niñas hacíamos gimnasia. De hecho es que no había niños. Ahora bien, el concepto del deporte dejaba mucho que desear. La profesora de gimnasia era, es , una persona seguramente de mejor corazón que yo pero con cero habilidades físicas. De complexión armario, no tengo claro cual era la razón objetiva de ser la profe de gimnasia. No tenía ninguna cualificación ni deportiva ni de otro tipo y jamás había practicado deporte. De hecho creo que ni siquiera usaba chándal en clase. Alta, cuadrada, morena, muy ancha, poco elástica, nada flexible....si me alejo del cariño que me pueda acercar la nostalgia, pues un marimacho. Y allí nos ponía en un gimnasio con espalderas en la pared y poco más, y el top de la clase era hacer la balanza en barra fija, como si alguna de nosotras fuésemos a ir a las olimpiadas. Aquellas compañeras más o menos torpes o poco duchas en el equilibrio, lo pasaban fatal. Yo era del tipo mediocre, no destacaba por nada, hacía las abdominales y el pino algunas veces. Nos dió gimnasia durante algunos años y luego, en el autobús de regreso, se convertía de nuevo en una señorona bien digna con bolso agarrado bajo el sobaquillo y falda recta tipo tubo. Que recuerdos tan extraños.
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