jueves, 23 de febrero de 2012

Luís

Luís

Tengo que imaginarme lo que ocurrió con Luís. El dijo que era de Jaca, con esa voz apenas inaudible. Pelo negro negrísimo, liso,  piel transparente…ojos huidizos, manos inmensas y alto, altísimo. La ropa oscura, pantalón vaquero y yérsey azul marino, esconden su extremísima delgadez. Como intentó escaparse, lo dejaron amarrado a la máquina que le suministra el único alimento que se permite ingerir, “zumo de limón” le llamábamos, a saber que sería aquello. Rectifico, no se lo permite, le obligan a ingerir. Mira a través de la ventana que no puede abrirse. Desde  allí no se mira a ningún sitio en concreto, se mira la calle y la vida que discurre, normal, en las aceras. Intentó escaparse, yo le vi marchar. Aprovechó un miércoles por la tardee a la hora de las visitas y se escabulló. Yo le vi, porque yo tenía prohibidas las visitas, así que me sentaba frente a la puerta de salida, imaginando que alguien se acordaba de mí y venía a verme, o no pensando nada, sólo viendo el trasiego de pacientes y familiares. Le pillaron bajando las escaleras, cuatro pisos nos separaban del mundo... El era el único chico, tan raro, tan callado. Así que lo aferraron a la máquina del zumo de limón. Como yo no podía tener visitas, un sábado a la tarde, cuando casi todo el mundo había salido, entreabrí la puerta de su habitación, le vi y entré. Si me llegan a pillar….Me dio muchísima pena. Ni siquiera yo, compartiendo extrema delgadez, podía comprenderle. Yo tenía miedo, miedo a quedarme y miedo a salir. El querría huir. No recuerdo de qué hablamos.   Si que pienso a veces en él, porque si unos y otros nos podemos sentir incomprendidos, o extraños a veces, ese muchacho, en 1985 era probablemente el espécimen más raro sobre la tierra. Entonces no había modelos, al menos no había modelos masculinos. Los chicos no se preocupaban de su figura. De Luís nunca he vuelto a saber. Allí quedó, donde no se abren las ventanas. Empecinado en seguir atado a la máquina de limón, intentando arrancarse el tubo, y gritando desesperado cada vez que se lo volvían a poner. Allí quedó. Alguna vez pienso que si a mí me persiguió veinte años aquella obsesión, que no habrá sido de él.

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