miércoles, 22 de febrero de 2012

El tiempo no discurre al mismo ritmo para todos nosotros. Tengo algunas imágenes guardadas en la memoria. Recuerdo que de niña, jugando en la plaza del pueblo, veía cada tarde a dos viejecitas dar un paseo. Cada tarde, al salir de la Misa diaria. Eran dos viejecitas pequeñas, encorbadas, escuálidas, vestidas de luto riguroso, el cabello recogido en un moño bajo. Una tenía el pelo negro, la otra cano. Recuerdo a mi amiga comentándome que vivían en el Barrio de San José. Que eran viudas desde hacía muchísimo tiempo. Y tengo clavada la mirada de la mujer de pelo cano, ojos grises infinitos, comentado lo larga que se hacía la vida, y preguntándose cúando vendría Dios a llevarse a ambas, para descansar. Y a mí, que debía rondar los cinco años, me resultaba normal ese comentario, adecuado incluso. Como si mi inconsciencia infantil entendiese cuánto habían vivido aquellas mujeres, y cuán cansadas se sentían. De su soledad, de sus miedos, de los terrores pasados, de los desvelos habidos. A cuántos hijos, padres, maridos, habrían cuidado, noches, días. Cuantas veces habrían dado de comer, abrigado, consolado. Cómo habrían construido su pequeño mundo, reducido seguramente a la existencia ordinaria de dos mujeres de pueblo, tan importantes. Y de ese recuerdo salto a otro, más cercano. De otras dos mujeres, cuyo nombre si recuerdo. Dos hermanas, Benita y Romana, vivían, ya habrán muerto, en aquella casa vieja y desvencijada frente al Ayuntamiento de Gallinero de Cameros. Sentadas en un banco a la puerta de su casa cuando hacía buen tiempo, en verano al atardecer, desaparecían con el frío. Recuerdo que una de ellas enfermó y se la llevaron al hospital. Nunca antes había salido de aquel pueblo. Qué sola debió sentirse su hermana. Mi pequeño homenaje a las cuatro y otras tantas.

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