jueves, 16 de agosto de 2012

Sucedió hace unos años un singular acontecimiento que nunca he relatado, absolutamente descabellado, y que es el que sigue. Mi esposo y yo nos dirigíamos al funeral del padre de un muy querido amigo, funeral que por ser la familia oriunda, ocurría en un pueblo perdido de la Soria profunda. Llegar al pueblo dicho, desde cualquier sitio del mundo, es una odisea, un largo camino entre bosques. Consecuentemente, lo que esperas después de la larga marcha es un paradisíaco lugar de casitas de piedra anclado en un pasado tranquilo de siestas en al fresquera. En absoluto. En medio de un secarral, un lugar de casas dispersas, paredes sin lucir, calles mal trazadas y asfaltadas, y alguna ruina maloliente. Lo que pudiera haber sido una pequeña ermita románica era una desvencijada iglesia, más vieja que antigua, con bancos que se caían de puro viejo y carcomidos, rodeada de maleza.Allí nos plantamos una calurosa tarde primavera , a la puerta de la iglesia, a esperar la llegada de la comitiva fúnebre. Vaya , pensé en un momento distraído, no hay cobertura en todo el pueblo. Así estábamos, ya había llegado el coche fúnebre y se dirigían los allegados a descargar el mortuorio bulto, cuando algo interrumpió el momento. Un hombre rudo, aparcó su furgoneta blanca y desvencijada justo en medio del gentío. Bajó del coche, se dirigió a la parte trasera del furgón y sacó del mismo una cruz de hierro, arrancada, al parecer, del cementerio. En la encrucijada, la fotografía en blanco y negro de una mujer joven y una fecha, 1939. Todo esto hacía al grito de asesino, mientras el resto de la comitiva se debatía entre salir corriendo , dejando la caja del muerto allí mismo, o hacer oídos sordos, que fue lo que se hizo, hasta que el campesino exaltado dejó plantada la cruz de hierro enfrente de la caja y volvió a la furgoneta para salir con una escopeta. El revuelo se hizo mayor y yo, sólo, pues mi marido intentaba tranquilizar a los hijos del muerto, dos armarios de dos por dos, eché a correr, buscando auxilio. Pero...¿y a quien se lo pido, de que parte estarán en esa o esa otra casa? Así que unos chavales que jugaban en medio de la nada me vinieron a indicar que a al entrada del pueblo, si me subía a una alcantarilla, encontraría cobertura. No dí en pensar que me podrían tomar el pelo, y corrí buscando la alcantarilla, que encontré y efectivamente, instalada sobre la misma, el teléfono dio la señal suficiente para dar la voz de alarma a ala benemérica. Cuando regresé a la iglesia, la imagen era desoladora. Los parientes llevaban la caja a hombres por el camino hacia el cementerio y detrás del cortejo, el campesino les seguía con su furgoneta, la escopeta de copiloto. Al fin llegó la guardia civil, y si no se calmaron los ánimos, al menos se disolvió la manifestación. Sin más muertos. Aún estoy por conocer los motivos de todo aquello.

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