lunes, 13 de agosto de 2012

Circulan por la red numerosas reseñas añorando los ochenta, o incluso los setenta...añorando nuestra infancia, los chicles, la goma de saltar, la mercromina...en fin, aquello nos recuerda la inocencia perdida, y sobre todo lo bien que nos lo pasábamos jugando. Porque no divertíamos, y el aburimiento , si conseguíamos juntarnos más de dos amigos, era absolutamente excepcional. Y jugábamos todo el día, incluso si nos dejaban, en la calle por la noche. Este es al menos mi recuerdo, yo creo que el aburrimiento lo trajo la tele en color con programación infantil diaria. Y ahora, no voy a añorar otros tiempos, en que los niños no eran algo importante. Pero sí quisiera reflexionar sobre un hecho que me viene sucediendo este verano. Como todos los niños, mis hijos se aburren. Se aburren en la playa, en la piscina, en el jardín...y si no se aburren es porque consideran el tiempo de la piscina un intermedio entre dos partidas de la wii, un mal menos. No son niños raros, ni frikis. Son niños de su tiempo a los que les tengo que castigar a jugar en el jardín. Y es cierto que en ocasiones se mimetizan con mis deseos y buscan lagartijas para cortarles la cola, un rato, hasta que se cansan. ¿Cómo puede un niño cansarse de jugar?¿No querer ir a dar una vuelta con la bici? No pretendo hacer un manifiesto contra la electrónica, reconozco las ventajas de este nuevo tiempo, mis recuerdos de infancia son en ocasiones patéticos...cierto, pero los niños tienen que tener por objetivo jugar, incluso antes de ver la peli de Phineas y Ferb, como quiera que se escriba. Si los juegos eléctronicos , consola sy wii fuesen ciertamente tan bondadosos como pretendemos, no les robarían a los niños la ilusición de jugar. Esta es mi reflexión, si tengo que castigar a mis hijos a jugar para que dejen la tele, algo no funciona.

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