martes, 28 de agosto de 2012
He encontrado una percha. Una percha, corriente, de madera, un poco más pequeña de lo ordinario. Tiene un nombre rotulado. YUDIT. Se me hace un poco extraño que mi madre no supiese escribir mi nombre correctamente. Pero os aseguro que fue ella la que lo escribió. En el año 1988. Como parte del ajuar que me preparó para llevarme al internado, por llamar de alguna manera aquel sitio horroroso disfrazado de colegio de señoritas. En realidad , se trataba de un antiguo cuartel, de largos corredores y techos altísimos, ventanas inalcanzables con gruesas rejas y suelo de baldosas marrones y frías. En uno de aquellos corredores estaba el dormitorio de niñas pequeñas. Consistía en un pasillo ancho, a cuyos lados, en hileras, separadas por un panel marrón claro, estrecho, de un material desagradable y rugoso, fino como un papel y no lo suficientemente alto como para dar intimidad, una especie de cortina rígida, sobre la que apoyaba un armario bajo y desvencijado, marrón también, allí todo era marrón, y al otro lado del trozo de pasillo, porque eso era, un trozo de pasillo de suelo frío, un camastro, cubierto por una vieja y áspera colcha marrón. Marrón era el mundo en aquel lugar. Al final del corredor, estaban los baños. Consistían en una hilera de duchas, de las que jamás en la historia salió agua caliente, y una hilera de lavabos. La ducha era obligatoria, monja vigía mediante, todas las noches. Después de una cena que solía consistir en una loncha de jamón york , del malo, a la ducha. La monja divisaba por debajo de la puerta si te habías metido debajo de la alcachofa. No había escapatoria. Si salías y ella consideraba que no había habido remojo previo, te hacía volver dentro, hasta que salías lo suficientemente mojada. Lo recuerdo con verdadero horror, y eso que yo, lo reconozco, me hice maestra en el arte de aparecer como recién duchada, mojando sólo los pies, en una especie de equilibrio....sería difícil de explicar sin un plano. Después de los baños, estaba el acceso precisamente a mi clase, lo que hacía que el mundo se redujese a un limitado recorrido por aquel entonces. Catre, lavabo, clase. Pasando previamente por la capilla, a oír misa diaria, y desayunar un trozo de pan con mantequilla, que hizo que todas nosotras pasásemos a ser anorexicas una vez abandonado el internado, descuajaringo nuestro maltrecho tiroides de manera definitiva, y nos llenó de cartucheras prematuras. De todas maneras, para lucir el uniforme que colgaba de aquella percha, un pichi de tela gruesa y estampado pata de gallo, tampoco hacía falta mucho más.
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