miércoles, 22 de agosto de 2012

La mayoría de las personas, nos movemos entre los grises de la mediocridad. No es dicho esto en modo alguno despectivo. Es, en todo caso, un alivio. No somos mala gente, al menos en el entorno que nos movemos. No tenemos necesidad de ser realmente malos, y no lo somos. Podemos ser más o menos agradables, o agraciados, pero malos, malos como esos que fabrican pastillas de colores, no. Sin embargo, hace tiempo que he descubierto que sin ser malos, sí que existen personas mezquinas a nuestro alrededor, que disfrazan el día a día de un leve soy como tu, pero cuyo corazón está emponzoñado. Esta gente no suele manifestarse en público. La mezquindad, como el enano malo de la serie Erase una vez el hombre, es tan deleznable que se practica a escondidas. La mezquindad nace de la envidia, y de la cobardía. Es el deseo de ser o tener lo que no soy ni tengo, y la cobardía tan grande de no intentar cambiar tu situación. Es la negación de las circunstancias propias por el anhelo de lo que imaginamos que son las circunstancias ajenas. Hay a quien no le gusta un rasgo de su carácter, y se esfuerza en modificarlo. A quien le gustaría poseer una virtud, y se esfuerza en lograrla. Y los que no se pueden ni ver a si mismos, por despreciables, y se consuelan con el odio a los demás. Las personas mezquinas no salen a la luz, pueden permanecer años escondidas, incluso aparecer por lustros como gente amable, educada, incluso sana. La única diferencia es que la amargura corroe su corazón como el óxido, y siendo tan cobardes como para no atreverse a manifestar su verdaderos sentimientos, quedan agazapados a la espera de la caída de su presa. Porque hay gente borde, desagradable, malcarada...y es de agradecer que vayan de frente. Gente que no disimula, un pequeño defecto social. Y gente mezquina que en la intimidad de su casa y de su corazón se regodea en su propia miseria, con el agravante de que , por su cara amable, es muy común que se rodeen de buena gente, de la mejor gente, a la que van minando poco a poco, envolviendo en su amargura, chupando la sangre como parásitos inútiles, envalentonándose frente al  silencio del otro, que ellos creen que les carga de razón, sin darse cuenta de que sólo el cariño puede hacer que quienes les rodean les soporten.

No hay comentarios:

Publicar un comentario