martes, 21 de agosto de 2012
Hablemos de años. No creo que fuese mayor de edad el chaval del que os voy a hablar. Andrés. Si echo la cuenta, yo estaba embarazada de un niño que perdí , la mañana de invierno, sábado frío y soleado, que Andrés se mató. Así que hará unos diez años de aquello. Era medidia, la una. El tren atravesaba el pueblo y las barreras de la estación cerraban el paso a ambos lados de la vía. Hacía mucho tiempo que Andrés no se relacionaba con nadie, sólo con un perro boxer que yo le había traído de Asturias. Me lo pagó a plazos. Hacía muchos años que su mundo estaba roto. Muchos sábados que las drogas de diseño lo habían aislado de las discotecas, de los amigos, de todo aquello que comenzó siendo un juego de colegas. Aquel sábado, a la una del mediodía, como todos los demás sábados del invierno antes de que esta maldita crisis aniquilase las horas extras de las fábricas, a ambos lados de la vía del tren, muchos coches aguardaban el paso del ferrocarril . Regresaban de las fábricas a sus casas. Unos en coche, otros en bici. Andrés aguardaba a un lado , el contrario al pueblo, y cuando el tren alcanzó la cercanía suficiente, no lo dudó y se abalanzó contra la máquina, ante el horror de todos. Dudo que el maquinista pudiese siquiera verlo, todo sucedió demasiado rápido. Nadie sabe, ni a nadie le importó, que ocurrió con el perro. El cuerpo del chaval quedó desmigajado a lo largo de kilómetros. Una madre rota, a la que hacía también muchos meses que no se dirigía, quedó llorando en mi casa, que sirvió, a falta de otra, de improvisado velatorio. Yo perdí el niño que esperaba. No creo que tenga nada que ver, pero alguien con mucha experiencia me vió buscando los restos del chaval en las vías del ferrocarril y me dijo que aquello no podía traer nada bueno. Días después me comunicaron que mi niño había muerto. Son estos los años en que las malditas drogas de diseño han proliferado. Qué le falta a un chaval que tiene la vida a raudales la pierda con esta basura. Andrés no fue un chico afortunado, conocía la miseria desde bien chiquito. Y en aquellos años, eligió la huida en vez de la vida. No se conocía hasta que punto la mierda que les vendían podía agujerear su cerebro. Qué digo. Ahora ya se conoce, y sigue siendo el postre preferido de los adolescentes.
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