viernes, 31 de agosto de 2012

Odio el ruido, clac, de mis sandalias al caminar. Me recuerda que son una sandalias de señora, de tacón medio, o cuña baja, que mi madre me regaló y lo que debió ella de pensar. Total. Si  eran, las malditas sandalias,  para mi, tampoco hace falta ni que sean monas, ni que me hagan alta...con que cubran el pie, suficiente. Y así con todo. No sé porqué me sorprendo. Si vamos a comprarme ropa para una boda, yo soy la que compro el vestido funcional que luego me sirva. Son mis primas las que, aconsejadas por mi misma madre, se compran trajes espectaculares, que luego tienen en el armario y pueden sacar para cualquier ocasión y así volver a ser las primas espectaculares en la cena de nochevieja. Pero yo no. Parece que no luzco. Así que a mí me dice, nada,que luego no te lo pones y no lo aprovechas. Y me compro un trajecito funcional, que luego, con las malditas sandalias, me vale para cualquier cosa, incluso para ir la gimnasio. Cierto que nunca soy la estrella de la velada. Nadie lo es con una cosita arregladita. Y me duele, aunque lo disimulo estupendamente. Ese aurea de soy así de hippy y yo es que paso...purita mentira. Me corren los demonios por no haber tenido personalidad suficiente para decirle a mi madre, mira, mamá, la sandalia esta de señora jubilada te la compras tú, que yo quiero una de cuña bien alta, aunque luego me estampe por el pasillo. Y ahora no me correrían los demonios cada vez que oigo el clac de la suela despegada. Pues no las pienso llevar al zapatero, las voy a dejar en la puerta del hogar del jubilado y que se hagan cargo de unas sandalias huérfanas de señora. Y ella me diría, pero si no son tan feas y además vas estupendamente, que te las has puesto todo el verano. Claro, porque me convences. Y no quiero que me convenzas. Ni aunque luego tengas razón.

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