martes, 14 de agosto de 2012
Que osadía, creer que por haber salido de juerga más de lo convencionalmente admitido, se conoce el barro y las mazmorras de la sociedad. Que estupidez creer que se ha visto todo sólo por el hecho de haber visto mucho de madrugada. El calabozo sólo se conoce cuando se baja a él. Y yo, porque me asombraban los relatos de mi amigo del alma sobre la vida en prisión, creí que nada iba a impresionarme. Estaba equivocada. Si eres un adulto con una vida más o menos conveniente, y profesionalmente te toca en suerte, porque estás en las urgencias de un hospital, en una ambulancia, en el turno de oficio...no hace falta ser miembro de los Cuerpos y Fuerzas de seguridad, a esos se les supone el arrojo, te toca en suerte, digo, quedarte a solas con la miseria, con la desgracia, con el barro social, para introducirte en su vagina y obtener flujo o para tener una entrevista privada con un chaval que no puede ni rascarse la oreja, entonces conoces la miseria, y no te deja indiferente. De todos los momentos en la vida que pueden producirme pánico, o vértigo, o miedo, hay uno que lo siento con una sensación física. La entrevista privada con un detenido totalmente drogado, que tiembla, escupe, se toca insistente la cara...ese triste momento en el que no voy a sacar nada en claro, del que no voy a obtener más que frases inconexas e insistentes...De todos los horrores de esta sociedad, temo a uno por encima de todos. La droga no es sólo esa diversión que conocemos más o menos de cerca, ni ese yonki con el que nos cruzamos y que fue compañero del colegio. Son chavales con caras aviejadas, destrozadas de marcas, ojos idos, manos que tiemblan...que una noche son peores que ninguna, y acaban sin ser muy conscientes en un calabozo, soltando frases incoherentes a la pared, que una noche no controlan y le pegan una paliza a la chavala, o se lían a botellazos con el camarero....y unos padres que les esperan por la mañana, sin saber bien cómo ha sucedido. Lo que más duele es entregarle el hijo a los padres. Y el miedo más grande, que un día yo sea esa madre.
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