lunes, 4 de junio de 2012

Ya no puedo ver el telediario nocturno. Ni el diurno. Me arrepiento demasiado no haber continuado con mi carrera de banquera, que tuvo sus comienzos en la rural de Monteagudo, y duró de lunes a jueves, porque el viernes fuí para despedirme, que a mí lo del arqueo se me hacía mucho, considerando que soy de letras. Y eso, que tenía futuro. Era el comienzo de la era bancaria, que si bien ha sido mucho más breve que el Mesozoico, ha tenido unas consecuencias mucho más funestas. (La época que continúa el Mesozoico, es ya 1970, que es cuando nací yo, por situaros en el tiempo). De poco nos sirve no someternos a la congelación del planeta, si no vamos a tener dólares para pagar el petróleo con que alimentar las estufas. De congelación morimos, incluso sin fenómeno natural que medie. Tampoco nos va a librar que no nos engullan grandes cuadrúpedos onmívoros. Con el precio de la cesta de la compra, nos comeremos nosotros a los cuadrúpedos, o a lo que sea, incluidos a nosotros mismos, como Saturno, devorando a sus hijos, algo que considero de muy mal gusto.
Al contrario de la era Mesozoica, el cerebro se nos ha ido ir anquilosando en la era bancaria, y ya son muchos los de nosotros que lo tienen licuado. Del resto, una parte, la élite,  es capaz únicamente de contar ( sumar, restar mal) euros, dólares o yenes. Los que han ido perdiendo el cerebro en sucesivas licuaciones, reducen su actividad al asombro ante quienes son aún capaces de sumar. Una parte de éstos da saltos en las plazas públicas meritando el ascenso a la clase dominante. El escaso resto, aparte de escuchar Onda Cero, y apoquinar, y sobrevivir, malamente, tiene una única salida: reirse , de uno mismo, y de las circunstancias que el rodean. Sólo uno mismo puede consentir que el entorno cambie su estado de ánimo. O no.

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