jueves, 21 de junio de 2012
Noches de verano, la suave brisa murmurando, la luna escondida tras el bochorno...esas noches de calma, ya tarde, el silencio roto por el derrapar de algún coche con la música alta, algún trueno lejano, voces de vez en cuando...esas noches de quietud que aprovechamos para salir al balcón, o a la terraza, y escuchamos el silencio. Sin pensar, oliendo la humedad lejana. Son extrañas. Para muchos de nosotros, los únicos momentos que establecemos una pausa en la vida. Detener el tiempo mirando la calle desierta. El intermedio de nuestro cerebro, que dura hasta que ataca de nuevo y vuelve a funcionar. Una noche, de viento cálido, y tormenta inminente. La pared monumental de un viejo edificio dibuja una hilera de arcos de medio punto, abiertos. A una de las ventanas se asoma una mujer. Cercana, la torre de una iglesia, y tañen las campanas. El viento caliente enreda la melena negra de la mujer. Ella mira atenta el río bajo sus pies, negro. Un coche cruza el puente, y los faros iluminan la calle. Todavía no caen las primeras gotas. Cerca, una dos ventanas más hacia el campanario, un hombre se asoma y la mira de reojo. No cruzan sus miradas, sólo se intuyen. Se esperan, sabiendo que ninguno de los dos hará nada por mirarse de frente, a los ojos. Hay mucho que contar, de lo que nada se dirá jamás. El desaparece dentro del edificio. Ella hace ademán de entrar igualmente, y en el último instante, justo cuando él se vuelve para maldecir el último reproche, el cuerpo de la mujer desaparece en el profundo pozo negro que confunde la noche con el río. Después, la tormenta, callando lo que nunca jamás se dirá.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario