domingo, 24 de junio de 2012

Fácilmente deducible para las mentes inteligentes de los usuarios de este blog: em he ido a la playa, y el ajetreo ha sido considerable, porque una no se va a la playa sin más, sino que el acompañamiento familiar requiere una operación de logística que , de enterarse Amancio Ortega, inmediatamente me añadiría a la nomina de Inditex. La playa, ese lugar donde la semidesnudez que acompaña acrecienta la grandeza de nuestras diferencias humanas. Nunca tan poca ropa ha sido objeto de tanto entretenimiento y estudio. Aunque pudiese parecer lo contrario, el uso que cada cual hace del veraneo es altamente significativo, y la forma, indumentaria, maneras y acompañamiento con que se dirige el usuario a transitar la jornada veraniega,  marca en nosotros diferencias abismales. Pudiera parecer que alguien baja despreocupadamente a ocupar su minúscula porción de arena y verano, y nada nos alejaría más de la realidad. Las tribus de chavales y chavalas de bañadores estudiosamente descolocados para lucir la porción indecente de cadera, las gafas de colores, la colocación....a mí siempre me llama la atención la forma tan estudiada de esconder su cuerpo de aquellos que no se sienten orgullosos. Tan cuidada, frente al desparpajo agresivo de los que lucen figura, y su movimiento pavoneante. Pero eso, son cosas de la adolescencia. Queda el resto. Las mareas de personas que pasean o se quedan estancadas observando a los paseantes. Lo que cada trozo minúsculo de ropa dice de cada uno. Lo que cada cuerpo nos cuenta. En la playa hay poco que ocultar, los movimientos entre tanta gente , salvo para los descarados adolescentes colocados lejos de la orilla, no permiten la intencionalidad. Tratamos de suplir esta desnudez con marcas visibles y colores chillones, con toallas y sillas, y tratando de demostrar que somos de siempre de toda la vida en medio de la marabunta, que controlamos el espacio desde hace años, que conocemos mucho más personal, y que no rebajamos nuestro estatus por mezclarnos con el vulgo. Cada uno en su medida. Es lo que tiene veranear en playas que se han convertido en al prolongación de nuestra ciudad habitual. El periódico localista nunca ha sido tan visible. Aunque hoy me ha ocurrido un hecho curioso. De junio en junio, desde hace ocho años, coincido con una mujer de mediana edad y dos niños, de la que no sé su nombre ni ella el mío, pero que , somos vecina de parcela playil. Por los nombres de los chiquillos, y por sus idas y venidas y sus aitas, la familia era bilbaína. Y los chavales , a mis oidos, hablan vascuence. Pues mira, hoy me he enterado que estaba en un error. Lo que hablan es japonés, y la familia es japonesas, sólo viene para librarse dos meses de la humedad nipona. Curioso.

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