sábado, 16 de abril de 2016


No se han acabado aún las luces que anuncian los fastos de mi cumpleaños y que me han tenido absorta en mi propia yo ( y el cambio de curro que de esto ya os hablaré porque a mi ir a un sitio donde te den los buenos días al entrar es que me pone los pelos como escarpias, tan acostumbrada estaba ya a la mugre) y ya tengo que contar algo, que tiene que ver con todo esto que os antedigo.
A mis cuarenta y seis abriles, he conocido muchos tontos ( definición de tonto bastante exacta: aquel que se baja a soria a comprar anfetamina para toda la cuadrilla y lo paran los forales en la rotonda de entrada al pueblo; como lo lleva tatuado en la frente, le detienen, y va y les dice eso de que es para consumo propio, con la esperanza de que le den una palmadita en la espalda y el teléfono de proyecto hombre y lo dejen irse; los hombres de harrison ni se cantean, lo llevan al calabozo y me llaman, a mi o a otro de mis compañeros, el que pringue ese sábado y cuando llego me repite una y otra vez lo del consumo propio, cada vez con menos convencimiento, hasta que le digo eso de venga chaval dame el móvil de tu padre que le llamo y te va a poner a tortas que vas a quedar ser pan; este es tonto) y delincuentes ( de estos muchos, alguno con más gracia que otros, como aquel que se entregó después de que intentó robar en casa de un dentista, se confundió de casa y entró en el chalet de enfrente que es de un nacional jubilado, se tomó dos actimel y un vaso de leche e hizo aguas menores en el water, y claro, como el caco era vecino, al día siguiente se comentó el hecho en la escalera y se tuvo que entregar).
Pero mala gente, lo que es mala persona, no recuerdo que me hubiese tocado hasta ahora, de esta gente que te habla y le tiembla la mano de la gana que tiene de hacerte daño y más si tu ni te inmutas y la miras con desdén( para esto he sido entrenada yo) y se le nota el odio en la mirada y la impotencia de no poder hacerte daño. Y mira, que a la cama no te irás sin saber una cosa más, y ya conozco una.
Ahora que yo me he ido, más féliz que una perdiz, habiendo peleado y aguantado, pero  me he ido, a seguir con mis cosas con más o menos acierto y me ha costado recuperarme lo que viene a ser una tarde en el corte inglés, y ahí se ha quedado ella, cociéndose en su propio jugo amargo. Que le den.

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