jueves, 3 de octubre de 2013

Un lugar insospechado
Es problable que nadie me crea pero yo ayer fui al Colegio Oficial de Medicos en mi ciudad y me encontre dentro de una pelicula de destape del Esteso.
Buscamos una dirección más o menos precisa. Tras atravesar un pasaje de esos que nunca han tenido una utilidad cierta, lleno de locales cerrados, nos encontramos con la luz del día de nuevo. 
Una plaza interior, privada ( lo anuncia un cartel en la pared) , y cumplida de esquinas y rincones ( supongo que se construyó en un tiempo en que no había motivo para esconderse y acabo lleno de pape albal)
Tras rebuscar entre la mole de cemento, descubrimos nuestro destino.
 Lo primero que nos llama la atención son las cortinas ; no se corresponden con las que se suponen al colegio oficial de medicos, pero tampoco yo doy la talla. No hay otro local con señales de vida, así que ha de ser éste.
Puerta de cristal tintado y cartel de horario, son las 16.00 p.m. y la apertura es de "6 a 8 de la tarde". Se agradece la aclaración, aunque casi que sobra, a esas horas de la madrugada no conozco ningún valiente que se adentre en tan tétrico lugar;   leo el cartel en voz alta, para que mis acompañantes sean perfectamente conscientes de que un cartel escrito a mano y pegado en el cristal nunca ha de ser un obstaculo en la vida. Asi tras repetir el horario, con la consiguiente discusion de mis pequeños acompañantes, pito. Digo pito, porque hay timbre de pitar.
La puerta se abre y entramos los tres.
Ellos no se lo que piensan, que aun no tienen edad, pero yo considero que he cruzado la puerta equivocada: es un bar, un bar con barra y botellas colocadas en la estanteria de la pared. No me lo puedo creer, esto si que es setenta total y no la minifalda
Madera ( skay) tirando a oscuro, sin ser elegante, de una cutredad que raya la pelicula de destape. Eso sí, limpio limpisimo.
Mis chicos se sientan en un sillón azulete colocado en un lateral y se mueren de miedo cuando a sus espaldas asoma, bajando de una agujero negro, el doctor Frankestein con bata blanca y acento payoponi. Dos pares de ojos me miran asustados, pero yo no me amilano: he venido a por un certificado y no me iré con él. La voz en off de mujer, en lo alto del agujero, grita de nuevo el horario. No pretendo ser maleducada pero le manifiesto mi intención de que una vez llegado hasta allí, no me pienso ir sin mi objetivo, esencialmente por el hecho de que no pienso volver a este lugar. La voz de mujer nos insta a escalar el agujero, el doctor F. ha desaparecido, y cuando subimos nos encontramos a la secretaria del doctor Bacterio, que me cuenta algo de cuatro euros en una caja, y que la caja no la tiene ella. Yo cojo el papel amarillo del certificado y a mis chavales y salgo huyendo , atravesando diría yo la máquina del tiempo, a la calle.
¿Porqué tienen una barra de bar y una estantería llena de botellas de Martini en el Colegio de Médicos?
No me dió tiempo a captar una instantánea del local, porque era un "local", o al menos lo parecía. 
Totalmente inesperado.

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