jueves, 10 de octubre de 2013

A mi personalmente lo de enseñar las tetas no me parece ni bien ni mal, eso si, la que tenga para enseñar, lógicamente, dado que, en orden a la utilización del cuerpo como forma de expresión, no llega mi conocimiento en arte al grado suficiente como para manifestar una opinión coherente. Supongo que quien tiene palmito, lo adecuado y lo que pide el cuerpo es lucirlo, en la playa o en el congreso. Y si con eso se consigue el resultado buscado, es decir, la atención sobre la propuesta, objetivo conseguido. Ahora bien, no me llega el grado de concentración a discernir si la forma de manifestarse tiene mucho que ver con la finalidad perseguida, más allá de conseguir la reseña informativa diaria. Me suje la duda, eso sí, de que si nos ponemos como nos ponemos, este país no empezará a recordar a la Italia de la Chicholina. Me refiero a la importancia de las formas. El Congreso, pese a los que ocupan los escaños, es un sitio muy serio, en concreto es el lugar donde hemos depositado una soberanía, la del pueblo, ganada tras siglos de lucha. Y más aún, que haya mujeres sentadas en esos mismos escaños, nos ha costado un potosí. Por eso, y con independencia de mi opinión sobre el aborto, que seguramente no es compartida por casi nadie, si algún sector dentro de las mujeres tiene la necesidad de manifestar su parecer a favor o en contra de algo que considera le concierne, y que afecta a su libertad, montar un pollo enseñando pechera como si fuesen los sanfermines, sólo resta credibilidad a su protesta, y convierte el parlamento en un circo. Y esto sólo es una opinión, seguramente poco correcta.

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